domingo 16 de agosto de 1598

Edad:
71 años

Relato del día: Felipe II recibe al Nuncio

Andaba su Majestad tan cuidadoso de su salvación, que quiso que D. Camilo Caetano, nuncio de su Santidad, le bendixese de parte de su Santidad. Y porque se entienda lo que en esto pasó, pondré aquí á la letra una copia de todo ello, que á instancia mía me dio, para ponerla aquí, el doctor Juan Bautista Confalonier, secretario del dicho Nuncio, que es del tenor siguiente.

A deciseis de Agosto de mil y quinientos y noventa y ocho, en San Lorenzo el Real, la Majestad del rey D. Felipe el II, que esté en gloria, mandó llamar á D. Camilo Caetano, patriarca de Alexandría, nuncio y colector general por su Santidad en estos reinos de España, que habia ido allá para consagrar á García de Loaysa en Arzobispo de Toledo. El Nuncio halló al Rey extendido en la cama como inmóvile, con extrema flaqueza, mas con los sentidos vivacísimos, y con una serenidad de rostro y composición de ánimo milagroso. Mandó su Majestad sentar al Nuncio, el cual hizo á su Majestad una larga plática para su consuelo espiritual y ordenada al fin para que su Majestad le habia llamado, que era para tomar su bendición en nombre de su Santidad, y una absolución plenaria, con intención de alcanzar todas las bendiciones, indulgencias y frutos espirituales que se alcanzan de su Santidad efl estado semejante. Y el Nuncio se la dio con aquella liberalidad y plenitud, como si su Santidad estuviera presente, teniendo seguridad que su Santidad ratificaría su acción y bendición, y que aprobaría todo lo hecho.

Acabada la plática del Nuncio, su Majestad respondió con cara ridente y ánimo intrépido, y como un santo, que se habia alegrado de su venida, y que su mal era grande, y estaba dispuestísimo para se acomodar á la voluntad de Dios con la vida ó con la muerte, y que no pretendía otra cosa sino morir en su santa gracia y alcanzar perdón de sus pecados. Y que rendía y daba muchas gracias á Dios por los grandes beneficios recebidos, y que en el estado en que estaba tuviese tanta Juz y conocimiento de que el verdadero fin del hombre es la felicidad eterna. Y que se consolaba grandemente de lo que le ofrecía de suplir con la bendición apostólica, la cual aceptaba con grande voluntad, y la pedia humílmente á su Santidad. Y que quería que en todo caso se tuviese respeto y reverencia á la santa Silla Apostólica y á su Santidad. Y que se tuviese mucha cuenta con la jurisdicion eclesiástica , mirando por ella; y otras cosas semejantes dixo aquella santa alma, que por estar cansado y flaco no se pudieron entonces percibir, y con esto se fué el Nuncio.

 Mas es cosa de notar que, habiendo su señoría ílustrísima escrito á su Santidad para la confirmación y ratificación de la bendición y absolución que el dicho Nuncio le habia dado de parte de su Santidad, llegó la nueva antes que su Majestad acabase la vida, de que su Santidad le dio cuantas bendiciones, gracias é indulgencias le podia dar. Y con estas tantas y tan santas obras, y dignas de tan grande y católico Rey, y allegado í Dios, se fué á gozarle en el cielo, habiéndole mucho tiempo amado y servido en la tierra.

Fuentes

Cabrera de Cordoba, Felipe Segundo Rey de España, Segunda Parte, Tomo cuarto, Madrid, 1877.

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