sábado, 02 de julio de 1588

Edad:
61 años

Relato del día: Juan Baptista Román a Felipe II. Paso de Cavendish por el archipiélago filipino.

Señor.

De once años a esta parte que sirvo a Vuestra Majestad en estas de las Indias he escrito continuamente lo que se me ha ofre-cido tocante a su real servicio y beneficio y aumento de hacienda. Y aunque ninguna cosa de muchas notoriamente convenientes se ha proveído, no dejaré de dar noticia a Vuestra Majestad de las que al presente me ocurren, por cumplir con mi obligación y conciencia, para que Vuestra Majestad disponga lo que más fuere servido.

Por la Nueva España habrá Vuestra Majestad sabido los daños que los corsarios ingleses han hecho y cómo dos navíos muy pequeños, el uno de ciento y cincuenta toneladas y el otro de ciento, con setenta hombres entrambos, tomaron en la costa de la Nueva España la nao de Vuestra Majestad nombrada Santa Ana, de seiscientas toneladas, y en ella dos mil y trescientos marcos de oro de particulares y un millón que valían las mercaderías de que iba cargada, y la quemaron; y porque la noticia que Vuestra Majestad tendrá será tan cierta como la que aquí se tiene, sólo diré lo que después sucedió a los ingleses, según lo que dellos mismos se ha entendido y lo que se ha visto. Y fue que después de haber quemado la nao navegaron la vuelta de estas islas y en el golfo se derrotó el más pequeño, y el otro llegó por enero de este año a la isla de Capul, que es la primera de estas Filipinas y hace estrecho con esta isla grande de Luzón; y en Capul compró el capitán algunos bastimentos de los indios, pagándoselos muy bien y no haciéndoles daño, y allí ahorcó un español que traía de la nao Santa Ana, que se llamaba Alonso de Valladolid, porque le halló una carta en que avisaba al presidente de esta Real Audiencia de todo el suceso; y el indio que la había de traer, criado del dicho español, se huyó a nado y se emboscó en la isla de modo que no le pudieron hallar los ingleses, los cuales dijeron a los indios de la la isla que ellos eran enemigos de españoles y que por sólo hacernos daño venían de su tierra y que volverían con armada dentro de tres años a poblar estas islas y echarnos de ellas, y que no querían tributo de los indios sino tan solamente su amistad y comercio.

Y con esto, al cabo de once días se hizo a la vela y fue a otra isla que llaman Panay, más adelante de esta población de Manila la vuelta del sur, donde está fundada una villa pequeña que se llama Arévalo, de que es alcalde mayor el capitán don Juan Ronquillo; y allí junto se hacía una nao grande por cuenta de la hacienda real.

Y a los siete de febrero llegó entre la villa y el astillero donde se fabrica la nao y tomó en la costa, con el batel, un marinero que iba en una barca bien descuidado de semejante suceso, y déste se informó de todo lo que quiso; y otro día le echó en tierra con una carta para un Manuel Lorenzo que tenía a cargo la obra de la nao, y en ella escribió algunas amenazas y razones de poco momento, y la firma decía Tomás Candish de Frimbley, como Vuestra Majestad verá originalmente en el pliego del presidente. Y este marinero supo entonces, de un portugués de los que iban presos y de ciertos marineros flamencos que conocía, el suceso de la nao Santa Ana, que también se supo luego del indio que se huyó en Capul. Y ambos dicen que el capitán es un mozo de veinte y dos o veinte tres años, y que apenas van cuarenta ingleses en el navío. Hecho esto se hicieron a la vela y tomaron la derrota de la isla de Mindanao, que es la última destas Filipinas en el camino del Maluco, cerca del cual ha de invernar necesaria y precisamente en alguna isla despoblada (como hizo Francisco Draques) hasta el mes de diciembre, porque las brisas de este año no le pueden servir para navegar y doblar el cabo de Buena Esperanza por ser ya muy tarde, especialmente que para navegar hasta las Javas, por donde ha de desembocar deste archipiélago al golfo Grande, tenía bien que hacer lo que restaba de febrero y marzo porque son más de cuatrocientas leguas y no se pueden navegar sino de día, por los muchos bajos, canales y vueltas que se dan, que es un laberinto grande, especialmente que lleva una barquilla delante que va sondando los bajos de este archipiélago. De manera que es cosa forzosa estar hoy invernando en alguna de las islas que hay de aquí a las Javas.

La mayor lástima y afrenta que desto se puede tener es que un ladrón de tan pocas fuerzas se atreviese a pasar tan despa-cio por estas islas, y pudiendo pasar sin darse a conocer quisiese hacer tanto ruido y alabarse de la presa y amenazar para lo de adelante. Por aquí podrá Vuestra Majestad, siendo servido, considerar lo que tiene en las islas Filipinas con aparato de Audiencia Real, seis poblaciones de españoles, un maestre de campo y treinta y cinco capitanes, y tres galeras y tres naos de alto bordo, que la menor es de trescientas toneladas, y muchas fragatas y navíos de la tierra, pólvora y armas, y cuatrocientos soldados, que todo no ha servido ni sirve para un efecto de tan poca dificultad y tan necesario. Yo fui siempre de parecer que se siguiese luego al cor-sario, y algunos hubo que desearon lo mismo, mas el gobernador y la mayor parte, que siempre va al amor del agua (en cuanto a seguir su opinión), tuvieron la contraria por decir que podría ser que viniese alguna armada de Inglaterra detrás del navío y que si les seguíamos quedaría esta ciudad y fortaleza con falta de gente, y que más justo era acudir al remedio y defensa desto que ir tras el corsario.

Y con esta determinación tan mal fundada no se trató sino de la fortificación de la fortaleza, y esto con gran diligencia, como si toda Inglaterra viniera sobre nosotros. Después de pocos días yo estaba enfermo en la cama, y pesándome de este error tan manifiesto envié a pedir al obispo y al rector de la Compañía de Jesús, que son personas graves y de mucha experiencia y celo del servicio de Dios y de Vuestra Majestad, que viniesen a mi casa, y les dije que tratasen con el gobernador, que ya por entonces no mandaba hacer diligencia para seguir al inglés, que a lo menos, pues es cosa llana que ha de invernar en este archipiélago, hiciese juntar el armada en la isla de Zubu, que es cerca de Mindanao, y que pues en breve tiempo estaría asegurado que no venían  más navíos de ingleses enviase desde allí el armada en seguimiento del enemigo, que aunque fuese con los vientos oestes y noroestes que corren por agosto y septiembre y son favorables a nuestra navegación y contrarios a la suya, le podían ir a buscar, y el  hallarle era cosa fácil porque luego los indios de las islas darían noticia dél donde quiera que llegásemos, por ser navío extranjero  y de gente que nunca la han visto, especialmente pudiendo nosotros llevar tantos navíos ligeros de remo que lo inquiriesen todo,  y que el tomarle no era dificultoso a una sola galera (cuanto más a tres y diez o doce fragatas que se pudieran juntar). Y también  le dije que cuando no quisiese disponerse a esto, a lo menos enviase a avisar a Juan de Silva, gobernador de Malaca, y al capitán  mayor de la mar don Paulo de Lima, que vino de Goa con veinte bajeles de remo y alto bordo y quinientos soldados a hacer guerra  al Rey de Zoor; lo uno porque fuesen o enviasen pare las costas de las Javas a buscar este corsario, pues les era cosa facilísima, y  lo otro para que la nao que parte de Malaca para Portugal fuese advertida. Y lo otro para que el gobernador de Malaca avisase al  visorrey de la India, el cual pudiera despachar las naos o parte de ellas temprano y esperar este enemigo en la isla de Santa Elena,  y a lo menos ir advertidos todo el viaje, pues hasta cerca de las islas de los Azores han de llevar una misma derrota forzosamente.

  Todas estas advertencias son tan llanas que si Vuestra Majestad manda juntar pilotos, por poco que sepan darán en la cuenta de  esta navegación; mas el gobernador y sus capitanes tuvieron consejo y se votó por escrito y todos acordaron que no se debía hacer  ninguna diligencia de éstas. Y quien menos culpa tiene es el gobernador, porque como es negocio ajeno de su profesión y hábito  en que ha vivido hasta la vejez aconsejarse con los que lo entienden, o a lo menos lo debieran entender, y estos mismos, los unos  por no ir la jornada y los otros por no saber más, le dieron este parecer «nemine discrepante». Finalmente, por estas causas, el  inglés se irá libremente a su tierra, y si acá hubiera algún brío (no digo las diligencias dichas, pero un navío muy bien en orden)  se pudiera despachar tras él hasta Inglaterra, que él va tan deshecho que fuera fácil alcanzarle y rendirle.

Y aunque el remedio que Vuestra Majestad manda poner para castigo de los atrevimientos de estos ingleses, haciendo guerra  a Inglaterra, es el mejor y más cierto, todavía para cualquier suceso diré el que parece más conveniente y fácil para extirparlos  de esta Mar del Sur. Todos los que han pasado por el Mar de Magallanes para volver por el cabo de Buena Esperanza (que fue el  mismo Magallanes y Francisco Draques y este corsario) vienen a reconocer desde la isla de Mindanao hasta las Javas, por donde  desembocan deste archipiélago al Mar Océano, y por esta derrota (que les es forzosa) hay muchos estrechos y canales entre  islas que algunos no tienen media milla de ancho; y si en estas partes anduviesen desde primero de febrero hasta fin de junio  (que es el tiempo de las brisas con que los corsarios han de navegar), dos fragatas de alto bordo con sus lanchas, bien artilladas y  doscientos soldados en ellas, sería tomar el paso al enemigo infaliblemente y no dejarles medio para poder pasar del estrecho de  Magallanes acá, porque si corriesen la costa del Perú y Nueva España y les estuviese tomado este paso y quisiesen volverse por  el mismo camino, sería muy dificultoso para ellos y tendría tiempo el virrey del Perú para seguirlos.

La costa que estas fragatas y  lanchas podrían tener en estas islas es seis mil pesos de Tepuzque, puestas de vergas de alto, y veinte y cuatro piezas de artillería  de bronce de a treinta quintales una con otra costarían aquí once o doce mil pesos poco más o menos y más el salario del fundidor;  el sueldo que se podría dar a los soldados y a sesenta marineros es a diez pesos al mes, y a dos capitanes veinte y cinco a cada  uno. Y de esta manera no sólo serviría esta armada del efecto dicho, sino también de pacificar las islas que hay de Mindanao al  Maluco y del Maluco a la Java, y de reducir y cobrar la isla de Ternate que hace años que está alzada y es de dónde va el clavo de  especie a todo el mundo; y esta reducción no había de ser poniéndole sitio, pues es poca fuerza para ponérsele, sino estorbando el  comercio de los moros de la Java, que lo rescatan y se lo llevan casi todo, lo cual sería muy fácil porque ellos no traen artillería con  qué ofender y el rey de Ternate es perdido de todo punto en no hallando saca para su clavo, porque estos javos le traen el arroz  y mantenimientos, salitre, metal y pólvora con que se mantiene y defiende, y en faltándole esto luego se ha de rendir de hambre  y necesidad. Todo lo cual se podría cometer al gobernador de estas islas enviándole de Nueva España dineros, y siendo persona  cual conviene para entenderlo y saberlo poner en ejecución.

De la mala orden que se tiene en muchas cosas del gobierno de estas islas resultan muchos gastos impertinentes que se  hacen de la real hacienda, especialmente en la costa de las naos que andan en esta carrera, que todas son de Vuestra Majestad  pudiendo ser de particulares; y el año pasado de ochenta y cinco trajo el capitán Esteban Rodríguez de Figueroa al puerto de esta  ciudad una nao nueva de trescientas toneladas para fletarla para la Nueva España, y en lugar de animarle y ayudarle en ello se le  denegó todo favor, tanto que porque no se le pudriese en el puerto la hubo de vender para cierto descubrimiento que por mandado  del arzobispo de México se hacía a costa de Vuestra Majestad; y así se desanimaron todos los que querían hacer naos. La causa de  esto es que, como los gobernadores tratan y contratan, no quieren que haya naos de particulares donde han de pagar buenos fletes  y se sabe la ropa que va y cuya es, sino que sean de Vuestra Majestad y vayan sus mercaderías solapadas sin pagar tantos fletes; y  así, para que ellos ganen un real, le ha de costar a Vuestra Majestad ciento.

Este año se despachan dos naos de Vuestra Majestad,  la una de seiscientas toneladas y la otra de cuatrocientas, que harán más de cincuenta mil pesos de costa, no siendo necesario  despachar más de una porque una de cien toneladas bastaba para traer las municiones y soldados que han de venir de México;  pero por cargar de mercaderías se despachan estas dos, que es del inconveniente que he dicho. Si los mercaderes de México y  destas islas quieren que haya comercio hagan naos y no negocien todos con tanto daño y pérdida de la real hacienda. Finalmente,  nunca han servido ni sirven estas islas sino de hacer rico al gobernador y que gane doscientos mil ducados, perdiendo Vuestra  Majestad diez tanto; y por este camino irán cada día a peor estado si Vuestra Majestad no lo manda remediar. Yo sirvo a Vuestra  Majestad de factor y tesorero y no soy parte para nada, porque el gobernador lo dispone todo a su gusto; siempre he avisado· a  Vuestra Majestad destos y otros inconvenientes y de todo lo que se me ha ofrecido tocante a su real servicio.Nunca se ha puesto remedio ni mis cartas deben de tener el crédito que mi fidelidad merece, pero a lo menos habré cumplido con lo que debo a criado  y vasallo de Vuestra Majestad y a mi conciencia.

En esta ciudad de Manila se va haciendo una fortaleza de piedra por orden del gobernador a costa de la real hacienda y de  ciertas imposiciones puestas a los indios y a los españoles, y es tiempo y dinero perdido todo lo que en ella se gasta, porque como  Vuestra Majestad verá por el modelo es un cubo de piedra redondo a lo antiguo de siete brazas en alto cubierto de teja, que en  batiéndole por lo alto son perdidos los que estuvieren dentro con las piedras y tejas que han de caer sobre ellos; y en lo que éste  cuesta se pudiera hacer una fortaleza a lo moderno de tres baluartes y no una obra tan inútil que cualquier inglés o francés que  pudiera sitiarla la rendirá el primer día que la batiere, pues como digo, la misma ruina de los altos ha de ser el cuchillo de los que  la defendieren, además de que tiene algunos padrastros de casas de piedra que se labran cerca y no tiene foso ni plataforma, ni se  puede usar bien del artillería porque no dejan sino unos agujeros redondos por donde cabe la pieza de modo que no se puede asestar a todas partes ni socorrer de un lienzo a otro; oprobio es nuestro que se haga un fuerte de este talle. Vuestra Majestad siendo  servido lo mande ver y remediar. Nuestro Señor guarde a Vuestra Majestad muchos años con el aumento de reinos y señoríos que  sus súbditos y vasallos deseamos.

De Manila, en las Filipinas, a dos de julio de 1588 años.

Juan Baptista Román.

Fuentes

LA BATALLA DEL MAR OCÉANO

VOLUMEN IV (16 febrero 1588 – 1604) Ejecución de la Empresa de Inglaterra de 1588 TOMO III

José Ignacio González-Aller Hierro, Marcelino de Dueñas Fontan, Jorge Calvar Gross y M.ª del Campo Merida Valverde.

Ministerio de Defensa – Armada Española  2014.

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Documento 5520

1588. Julio-2, Manila.

CARTA. Juan Baptista Román a Felipe II. Paso de Cavendish por el archipiélago filipino. Propuesta para ir en su persecución y para evitar el tránsito de los corsarios que entran en el Mar del Sur. Mal gobierno de las Filipinas. Construcción de la fortaleza de Manila.

SIGNATURA:AGI, Filipinas, leg. 29, ramo 4º, doc. 78.

OBSERVACIONES: Original.

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