martes, 12 de julio de 1588

Edad:
61 años

Relato del día: Salida de Ferrol de la Armada Invencible: Exhortación a los soldados del Padre Ribadeneira s.j.

Exhortación para los soldados y capitanes que van a esta jornada de Inglaterra, en nombre de su Capitán General.

     Si no supiese, invictos capitanes y esforzados soldados, el celo y piedad y el ánimo y valor con que Vs. Ms. han deseado esta Jornada de Inglaterra y Van a ella, confiados en el favor de Dios y piensan acabarla y concluirla felicísimamente, gastaría yo muchas palabras y traería muchas razones para persudirles lo que ella importa. Mas porque esos pechos esforzados y ánimos valerosos no tienen necesidad de palabras, y lo que habría de decir es tanto que con muchas no se podría explicar, quiero acortar razones, y brevemente representar a Vs. Ms. algunas pocas de las muchas que se me ofrecen para confirmar la alegría y contento en la presente ocasión, y para que hagan gracias a Dios Nuestro Señor, que se la da para gloria suya y honra de España y para su particular acrecentamiento.

     En esta jornada, señores, se encierran todas las razones de justa y santa guerra que puede haber en el mundo; y aunque parezca que es guerra ofensiva y no defensiva, y que acometemos el Reino ajeno y no defendemos el nuestro; pero si bien se mira hallaremos que es guerra defensiva, en la cual se defiende nuestra sagrada religión y santísima fe católica romana: se defiende la reputación importantísima de nuestro Rey y Señor y de nuestra nación; se defienden todas las haciendas y bienes de todos los reinos de España, y con ellos nuestra paz, sosiego y quietud.

     Ninguno pudo bien saber, que no lo haya visto o leído, las injurias que en Inglaterra cada día se hacen a Dios y a sus santos, porque son tantas que rio se pueden contar, y tan extrañas que no se pueden creer. No hablo de las maldades que en tiempo del Rey Enrique, padre de esta Isabel que ahora reina en Inglaterra y de su hermano Eduardo, se han cometido en aquel Reino; de los mil monasterios de grandes siervos y siervas de Dios asolados, y diez mil iglesias profanadas y destruídas, robados los templos, saqueados los santuarios; derribadas por los suelos las memorias antiguas de los santos; quemados sus cuerpos y derramadas al viento sus cenizas sagradas; echados con violencia de todas sus casas los religiosos; solicitadas a toda torpeza las vírgenes y violadas las monjas consagradas a Dios; descoyuntados con atroces y exquisitos tormentos innumerables siervos de Cristo, con tan fiera crudeza e impiedad, que en ningún Reino de gentiles y de moros y bárbaros ha padecido mayor persecución la Iglesia Católica. No quiero revolver cosas pasadas, ni traer a la memoria calamidades que después que el Rey Enrique VIII se apartó de la obediencia de la Iglesia han pasado los católicos del reino de Inglaterra, porque esto sería nunca acabar. Sólo quiero decir el estado presente miserable que ahora tiene bajo esta Isabel, la cual es hija de Ana Bolena, con la cual se casó Enrique, descasándose de la santa Reina Catalina, hija de los Reyes Católicos, de gloriosa memoria su legítima mujer, con la cual había vivido pacíficamente veinte años y tenido hijos de ella; y Ana era hermana de una amiga, hija de otra amiga del Rey, y aun, como algunos con graves fundamentos dicen, hija del mismo Rey, que se casó con su propia hija para que naciese (¡oh injusto, abominable y nunca oído!) monstruo tan horrible y espantoso, que fuese hija y hermana de su madre y nieta de su padre, y que imitase al padre y abuelo en la desobediencia del Papa y crueldad, y a la madre y hermana en herejía y deshonestidad, por lo cual, por mandato del mismo Rey Enrique, su padre y marido, le fué cortada públicamente la cabeza.

     Esta, pues, Isabel, hija de tales padres, se ha hecho cabeza de la Iglesia de Inglaterra, y siendo mujer y sujeta naturalmente al varón, como dice San Pablo, y no pudiendo, según la orden de Dios, hablar en la Iglesia, quiere que la reconozcan por cabeza espiritual los clérigos, religiosos, obispos y prelados de la Iglesia, los cuales quita y pone, visita, corrige y castiga y les concede y constringe la voluntad de ordenar, y consagrar, y ejercer los demás actos pontificiales a su beneplácito y voluntad, y por no haberla querido obedecer, ha perseguido, maltratado, depuesto, encarcelado y prisionado y, finalmente, muerto todos los obispos católicos que había en Inglaterra.

     Esta es la que ha mandado callar a los predicadores católicos y hablar a los herejes; la que ha recogido, amparado, regalado, y favorecido a todos los pestilentísimos ministros de Satanás y maestros diabólicos de todos los errores y desvaríos que se han inventado contra nuestra sagrada Religión en nuestros tiempos y los ha llamado a su reino, y ellos han venido a él de Francia, Escocia, Alemania, la Alta y la Baja y de las demás provincias inficionadas de herejías, y acudido a Inglaterra como a la Universidad más principal de su doctrina, como a una cueva de serpientes, como a puerto seguro de ladrones y corsarios, como a feria universal de tan ponzoñosa mercadería, para desde allí derramarla y extenderla por todo el mundo más fácilmente. Esta es la que ha quitado las imágenes de los santos, perseguido sus reliquias, pervertido el uso de los Santos Sacramentos, prohibiendo que se diga Misa en su reino, mandando que no se reconozca ni obedezca al Pontífice Romano, Vicario de Jesucristo y Suprema Cabeza en la tierra (le la Iglesia de los fieles; la que tiene tan grande aborrecimiento a cualquier cosa de devoción y piedad que venga de aquella Santa Silla, que por sólo traer consigo o tener una cuenta de perdones, un Agnus Dei, una cruz o una estampa, una Biblia venida de Roma, descoyunta y mata con horribles y cruelísimos tormentos, como a traidores, todos los que halla en este, a su parecer, tan grave delito.

     Esta es la que cada día promulga nuevas y rigurosísimas leyes contra la fe católica, las ejecuta con extremada fuerza y derrama continuamente la sangre inocente de los que la profesan, aunque sean caballeros nobles, señores poderosos, sacerdotes venerables, religiosos santos, varones en sangre, doctrina, prudencia, ilustrísimos, los cuales mueren a tormentos arrastrados, colgados en la horca, y estando medio vivos los dejan caer, y los abren y sacan las entrañas, y arrancan el corazón y los despedazan y ponen sus cuartos en las torres, puentes y caminos de las ciudades. Esta es la que tiene a todos los católicos de su reino, que son la mayor y mejor parte de él, tan afligidos y oprimidos con leyes injustas, con nuevos y severos mandatos, con penas atrocísimas, con ejecutores inhumanos, con calumnias de malsines y falsos acusadores, con sentencias de jueces inicuos y desalmados, que no pueden hablar una palabra, ni moverse, ni chistar, ni aun resollar corno católicas cristianos sin perder sus bienes, sin ser o desterrados y afrentados, o tenidos en alguna horrible y tenebrosa cárcel, o con nuevos y terribles linajes de muerte consumidos y acabados.

     Esta es la que, movida de los herejes que dijimos tiene en su reino (ya abrasada de infernal deseo de propagar, dilatar y acrecentar por el mundo el incendio de su falsa religión), ha procurado con toda su maña y artificio de prender este fuego destructor y abrasador de la herejía por todo el mundo, comenzando de los Reinos y Estados más vecinos; la que ha destruído el Reino de Escocia y puesto el Rey de ella en las miserias que vemos; la que a la Reina María, su madre, que fué juntamente Reina de Escocia y de Francia y heredera en el reino de Inglaterra, la prendió con engaño debajo de su palabra y fe real, y al cabo de veinte años de dura y áspera prisión la mandó matar porque era católica y cortar la cabeza por mano del verdugo de Londres. Esta es la que ha turbado al reino de Francia y puesto a peligro de perder el reino y sus vidas a los tres Reyes hermanos, Francisco II, Carlos IX, y Enrique III, y hoy día favorece a los rebeldes y paga a los soldados herejes que vienen de aquel Reino para arruinarle.

     Esta es la que sustenta la guerra tan larga, costosa y sangrienta de los Estados de Flandes contra el Rey nuestro señor; la que ha procurado siempre revolverlos, de echar los soldados españoles de ellos, de matar al señor Don Juan de Austria, de dar nuevas fuerzas y alientos a los que estaban ya desmayados y caídos; la que ha tomado la pretensión de Zelanda y Holanda, ocupando sus ciudades, fuerzas y puertos, infestado nuestros mares, robado las haciendas de los mercaderes, y con sus dineros, soldados, armas, vituallas, consejos y ardides entretenido y dilatado de aquellos Estados contra las amistades antiguas y confederaciones nuevas de la casa de Borgoña e Inglaterra, contra nuestro Rey y contra nuestra sagrada religión, contra Dios.

     Esta es la que, tomando nuevo ánimo y nuevos bríos con nuestra paciencia y blandura, se ha atrevido a cometer a los Estados de las Indias occidentales, quemar nuestras islas, robar nuestros pueblos, tomar y echar a fondo nuestros navíos, entrar por fuerza, y saquear nuestras ciudades y poner en aprieto la justicia y gobernadores reales, y a todos los reinos de España en cuidado y confusión.

     Y porque no pareciese poco todo este, y se entendiese que no solamente tenía en su mano los Estados más cercanos, y acometía y robaba los más apartados de su reino, tuvo atrevimiento y osadía (cosa espantosa y para los siglos venideros increíble) de asaltar y robar nuestros puertos de España, digo, primero en Galicia y después de Cádiz y estando en aquel puerto parte de nuestra Armada, acometerla, despojarla, quemarla, echarla a fondo; y hubiera quemado, saqueado y asolado la misma ciudad, si Dios por su misericordia no lo hubiera estorbado y el duque de Medina no la socorriera con su persona y gente. Esto ha hecho Isabel a nuestros ojos, a vista de todo el mundo, estando el marqués de Santa Cruz aprestando su armada en Lisboa, y la Andalucía llena de soldados, y en España nuestro poderosísimo rey y monarca del mundo, Don Felipe, por hacer poco caso de esta Isabel por ser mujer y parecerle que era mejor ganarla por beneficios que no venir al rompimiento de las armas, ha tenido sufrimiento y paciencia hasta que ha visto tan grande desvergüenza y temeridad.

     Esta misma Isabel es la que, pareciéndole poco todo lo que está referido. para salir mejor con su intento y arrancar de raíz nuestra católica religión, en la cual se encierra la honra y gloria verdadera de España.

     Veamos ahora lo que toca a la reputación del Rey, nuestro señor y de la nación española, que es lo que propusimos en el segundo punto y dijimos que se comprende en esta guerra defensiva. Después que España es España, jamás tuvo la reputación que hoy tiene en todas las naciones del mundo, así porque jamás su imperio estuvo tan extendido como ahora, pues abraza desde Oriente a Poniente y desde Septentrión a Mediodía, como por las hazañas y casos señaladísimos que han hecho los españoles en las guerras en Francia, Italia, Alemania, Flandes, en Africa, Asia, Europa y en el Nuevo Mundo, contra moros y turcos, cristianos y paganos, contra católicos y herejes. Las cuales son tantas y tales que sin duda exceden a todas las que se hallan escritas de asirios, medas, persas, griegos, latinos, cartagineses y romanos. Y si se escribiesen no digo con elocuencia y artificio de historiadores encarecedores y mentirosos, como muchas de las otras naciones se han escrito, sino con llaneza y verdad, espantarían a los siglos venideros y se tendrían por fabulosas. Por esta reputación e imperio tan extendido, es el rey don Felipe nuestro señor el mayor monarca que ha habido jamás entre cristianos; pues dejando los otros reinos y Estados en Europa, que son tales que cada tino de ellos es bastante para hacer poderoso a cualquiera señor de él, y tantos en número que con dificultad se pueden contar; los límites de su imperio son límites del mundo; y juntando con su grandeza a Oriente con Poniente y al polo Artico con el Antártico o el Norte con el Sur, enviando sus poderosas armadas y estandarte real a Angola, Congo, Monotapa, Guinear, Etiopía, Sino Arábigo, Sino Pérsico, a la Florida, Santo Domingo, Cuba, Méjico, Perú, Goa, Malachas, islas de Luzón o Filipinas, China y Japón, rodeando el universo sin embarazos ni estorbos. Esta reputación es la que ha dado y conservado tantos años la paz en la cristiandad, la que ha tenido a raya a Francia, enfrenado los herejes, reprimido a los turcos, sosegado a los inquietos; y con ser nuestra nación tan poco grata a las demás naciones, a unas porque le están sujetas y a otras porque les pesa que otras lo estén, ninguna se ha atrevido a moverse y tomar las armas contra ella en estos años, temiendo su ruina y destrucción; solos los Estados de Flandes han continuado la guerra contra el Rey nuestro señor, pero esto no acometiendo, sino resistiendo, no buscando ellos, sino peleando y defendiéndose de los que los buscan en sus casas. Lo cual ellos no hubieran hecho ni podido hacer tan largo tiempo, sino con las espaldas y favor de la Reina de Inglaterra; la cual no se ha desvergonzado a buscarnos en nuestra casa y robar nuestros puertos y quemar nuestras naves, como se ha dicho.

     Pues ¿qué mayor afrenta y menoscabo de reputación puede ser que decirse y publicarse por el mundo que una mujer que se llama Reina y no lo es, ose enviar un corsario o capitán suyo a España, y el asaltar las costas de ella, saquear los puertos y quemar a nuestros ojos nuestras naves, y tomar las que vienen de las Indias occidentales y que se va alabando y es recibido corno triunfante y regalado y festejado con regocijos; y que se representen comedias en vituperio y escarnio nuestro, y en alabanzas y gloria suya, como se ha hecho en Inglaterra? ¿Qué sentirán las otras naciones?.¿Qué juzgarán de la nuestra? ¿Qué dirán? Dirán por ventura que es mucha nuestra paciencia, o que es sobrada nuestra poquedad, que no queremos, o que no podemos vengarnos, si este loco y desvariado atrevimiento quedase sin castigo.

     El mundo se gobierna por opinión, y más las cosas de la guerra; con ellas se sustentan los imperios; mientras ella está en pie, ellos están; y cayendo ella, caen; y con la reputación muchas veces se acaban mas casos que con las armas y con los ejércitos. Y los reyes y príncipes poderosos de ninguna cosa deben ser más celosos, después de hacer lo que deben a Dios y a sus reinos, en ninguna más vigilantes y solícitos, que en ganar, conservar y acrecentar esta opinión, y que todo el mundo sepa, que ni ellos quieren hacer agravios, ni consentir que nadie se lo haga a ellos. Porque perdiéndose esta reputación, se pierde mucho; y una vez perdida. con dificultad se torna a recobrar. Todo el mundo teme nuestro poder, y aborrece nuestra grandeza; tenemos muchos enemigos descubiertos, y muchos más encubiertos y amigos fingidos; los descubiertos, faltando la reputación, tomarán ánimo para acometernos, y los encubiertos para descubrirse y publicar lo que tienen encerrado en sus pechos.

     Por esto conviene velar, y para que nadie se atreva, castigar al atrevido, y con el castigo de Isabel enfrenar a los demás, para que escarmentando en cabeza ajena, no se muevan, ni quieran los escarabajos pelean con las águilas y los ratones con los elefantes. Porque de otra suerte poco nos aprovecharía haber ganado el nombre y fama de soldados valerosos o invencibles en las guerras pasadas, si ahora se perdiese; y quitado el freno con que todos los Estados y señoríos fuera de España están enfrenados y quietados y en menoscabo de la república, de la majestad de nuestro Rey y señor, de nuestra nación, les diésemos ocasión para alterarse y revolverse contra nosotros; que para que esto no sucediese, se ha entretenido tantos años con tanta costa de nuestra sangre y hacienda la guerra de Flandes, y con mucha razón; porque si los herejes y los vasallos rebeldes de su Majestad saliesen con las suyas y se perdiese la reputación con que los reinos se sustentan, y como he dicho, están sujetos, ¿qué seguridad podríamos tener que los demás Estados fuera de España no se rebelasen y perdiesen el respeto?

     Pues qué diré de la tercera razón, que es de nuestro provecho e intereses, la cual, aunque no debe tener en los pechos cristianos tanta fuerza como la de la religión y celo de la fe, ni en los generosos como el de la reputación y honra, como hasta aquí hemos tratado, pero comúnmente vale mucho y puede mucho y mueve a la mayor parte de los hombres y los arrebata en sus consejos y deliberaciones; justo es, cierto, que tenga su lugar en ellas, y que el que es conservador y defensor de la república (que esto es ser Rey) atendiendo al pro de sus vasallos, procure mucho con todas sus fuerzas desviar y apartar. todo lo que les pueda acarrear daños y de allegar y acrecentar lo que es para su bien o provecho. Primeramente bien sabemos lo que a estos reinos cuesta la guerra de los Estados de Flandes, y que para sustentarla se desangra España y se consume, queriendo antes perder hacienda, que no la obediencia de aquellos Estados, y con ella, como dice, la reputación, sin la cual no se puede conservar lo demás. Pues esta guerra ¿cuándo tendrá fin, cuándo se acabarán. sus calamidades y nuestros daños, cuándo su asolamiento y nuestro desentrañamiento? Dejar lo comenzado no es posible, llevarlo adelante y sustentar tan excesivos gastos mucho tiempo es muy dificultoso; que se acabe la guerra no hay esperanzas mientras que Isabel viviera e Inglaterra la fomentare. Porque ya los flamencos con el uso de las armas se han hecho soldados y aun fortificado muchas plazas, y están irritados contra nuestra nación, y muchos de ellos por ser herejes quieren gozar de sus libertades y anchuras.

     No conviene conceder lo que ellos pretenden contra la Iglesia católica y contra Dios, ni hay esperanzas de ganarlos con halagos ni atraerlos con promesas, ni convencerlos con buenos tratamientos y conciertos, especialmente siendo ellos fáciles y habiendo siempre quien les predique y persuada lo contrarío. Por rigar de las armas este negocio, si Dios es servido que se acabe, es de esperar que lo será como se ha comenzado. Pero si El no pone la mano, no parece humanamente posible que se acabará mientras que tuvieren los rebeldes las ayudas y socorros que al presente tienen. Porque como el ejército y presidio español, que es la fuerza principal con que se ha de cobrar lo que queda por ganar de aquellos Estados, por irse cada día menoscabando, es necesario repararle continuamente y esforzarle con nueva gente, y esta gente se ha de enviar de España, lo cual no se puede hacer sin mucha costa y trabajo, y los enemigos tienen tan cerca y tan aparejado el socorro, pues de Inglaterra a Zelanda y Holanda en pocas horas se puede pasar, teniendo nosotros las fuerzas tan apartadas para acometer, y ellos casi dentro de su casa las que han menester para resistir; hasta aquí bien se ve que hasta que se les quiten estas fuerzas, mal podrán ser del todo vencidos; otras fuerzas no tienen sino las de la inglesa; el imperio está quieto; Francia ya hizo lo que pudo, y, ahora, aunque quiera, no puede; los otros príncipes no pueden o no quieren; sólo Isabel persevera, hereje y enemiga de Dios y nuestra, quiere y por estar tan cerca puede esforzarlos y entretener la guerra con desasosiego nuestro y pérdida de nuestras haciendas y de nuestras vidas. Si queremos que se acabe esta guerra, la de Inglaterra se ha de comenzar, y cortada esta mala raíz, el árbol que en ella se sustenta, caerá; mientras que duraren los vientos que soplan de Inglaterra, durará la tormenta, y mientras que se echare leña en el fuego arderá; de manera que así como los médicos que quieren curar un corrimiento de la cabeza al pecho, no solamente procuran disminuir y evacuar el humor que corre a la parte flaca y enferma, sino tienden principalmente a sanar la cabeza que engendra y destila continuamente aquel humor y cortar la raíz y, fuente de él, así nosotros, si queremos sanar esta prolija y costosa enfermedad de la guerra de los Estados de Flandes, hemos de acudir al origen y a la fuente donde se ceba, que es la Reina de Inglaterra; porque mientras ella destilare y enviare sus fuerzas y mal humor, siempre habrá corrimiento y dolor; y mientras que durare la causa de la enfermedad, durarán los efectos de ella; y aunque baja la comparación y semejanza, pero porque es verdadera y declara bien lo que pretendemos, la dije.

     Por más cuidado que se tenga de limpiar la casa y quitar las telarañas, mientras que viviere la araña que de nuevo teje, siempre las habrá; mientras que dure esta mala araña en Inglaterra, que urde, trama y teje las telas de las traiciones y maraña de Flandes, y de los otros Estados de su Majestad, necesariamente las habrá.

     Pues para concluir esta razón digo que España no se acaba de consumir y desentrañar enviando cada año lo que necesariamente se ha de enviar para sustentar la guerra de Flandes; conviene buscar medios para que ella se acabe, y no se ve otro ni más fuerte ni más eficaz que meter la guerra dentro de Inglaterra, y gastar en una nao con esperanza de fruto cierto, lo que sin ella se ha de gastar y mucha. Porque faltando las fuerzas de Inglaterra, Holanda y Zelanda luego se rendirán. Esto es hacer con Isabel lo que ella ha hecho con su Majestad, con los otros Reyes sus vecinos, que ha sido emprender el fuego en las casas de ellos para tener ella paz en la suya; turbar a los suyos para reírse de ello, y estar como de talanquera mirándolos en los cuernos del toro. Y así esta guerra de Inglaterra es guerra defensiva, como se dice, pues en ella defiende Su Majestad sus Estados de Flandes y acaba de una vez una guerra tan costosa y da fin a los gastos inmensos y continuos que mientras ella durare necesariamente han de durar; y con esto tendrá España, que es lo que hace a nuestro propósito, algún alivio y descanso.

     Pero no es sólo éste el provecho que de esta guerra se sigue. No tratamos aquí solamente de sacar a Su Majestad de necesidad, y quitarle la obligación de gastar fuera del reino lo que el reino te da, sino que no se hundan y acaben de una vez las riquezas, haciendas y bienes de todo el reino, como sin duda se acabarían, si la Reina y los de su consejo saliesen con su intento. Porque no pueden ellos solamente embarazar al Rey nuestro seor con los movimientos y rebeliones de Flandes. no infectar el mar océano, no impedir el comercio y trato de los mercaderes, no tomar una o dos naves que vienen demandadas de las Indias, y robar las haciendas de algunos particulares tratantes; pero viendo que la riqueza y grandeza de España depende de los millones de oro y plata, y de los tesoros inestimables de perlas, piedras preciosas y especiería que cada año viene de las unas y de las otras Indias, que el sustento y vida de estos reinos está ya colgado de estos tratos y de estas mercaderías, y de la ordinaria y segura navegación de las flotas, pretende quitarnos..., y aun quitarnos las mismas Indias, o a lo menos turbarnos el curso de esta navegación y robar las flotas para afligir y asolar estos reinos, y dar al través de un golpe con la grandeza y riqueza de todos ellos. Esto intentaron pocos años ha, entrando por el estrecho de Magallanes y robando gran suma de oro y plata en el Perú; y hoy día de nuevo han pasado a aquel reino.

     Lo mismo, con más brío y atrevimiento, pretendieron dos años ha pues llegaron a las islas de Santo Domingo, y tomaron y robaron la isla de Cartagena, y estuvieron tres días sobre la Habana para hacer lo mismo, y pasaron más adelante haciendo por todas partes innumerables daños e insultos, y si Dios casi milagrosamente no guardara las flotas, cayeran en sus manos. Y para que sepamos que con nuestra paciencia y disimulación crece su osadía, y que la herejía es desvergonzada y atrevida, este año han robado a nuestra armada en nuestro puerto de Cádiz, y quemado y tomado parte de ella y algunas naves cargadas de la India, y pretendían topar nuestras flotas y hacernos los daños que de su desordenada intención se pueden temer; y si estos males no se apartan, sin duda crecerán, y cada año nos veremos en nuevos cuidados Y en nuevos aprietos y sobresaltos; y lo que en estos años no ha acontecido, por ventura sucederá en otro, y tendrá España para muchos que llorar; y si Dios por nuestros pecados y por nuestros descuidos lo permitiese, acrecentando con su osadía y robos sus fuerzas la inglesa, podría alterar y alborotar los Estados de las Indias apartados, desarmados sujetos a movimientos y alteraciones y expuestos a cualquier violencia. De manera que ya que no los pudiese ella tomar y sustentar, nos diese que pensar y en que entender. Esto se ha de atajar, y no hay otra mejor manera que cortar la raíz, como se ha dicho. Por esto digo que en esta guerra se defienden las haciendas y bienes de todo el reino, y su paz y sosiego y quietud. No es este negocio de pocos: sino de muchos; no toca solamente a los mercaderes y hombres de negocios, aunque si a ellos solos tocase, sería causa bastante para emprender la guerra, porque sin ellos no se puede conservar el patrimonio real ni la república. Mas a todos toca el dote de la doncella, el amparo de la viuda, la defensa del párvulo, el sustento de los monasterios, la conservación de los hospitales, la comida de los pobres, la seguridad de los labradores, la quietud de los ciudadanos, el lustre de los caballeros y señores.

     Más diré; la grandeza y reputación de nuestro Rey, y el descanso de todo el reino en gran parte depende de este trato y comercio y manual y segura navegación de las Indias, que la Reina de Inglaterra nos quiere quitar. Y así, señores, en esta jornada no piensen vuestras mercedes que acometen aquel reino, sino que defienden el suyo, y todo lo que aquí he referido, y, mucho más, que por comprenderlo también con su discreción y prudencia, no hay para qué dilatarlo y encarecerlo con palabras. Pues si en esta guerra se defiende, como hemos visto, nuestra santa y católica religión, ¿qué católico cristiano habrá que no vaya a ella con alegría? Si se defiende la honra de España, ¿qué español habrá que no procure la fama y gloria de su nación? Si se defiende la reputación de nuestro Rey, tan sabio, tan justo, tan moderado y poderoso, de la cual cuelga todo el bien de toda la cristiandad, ¿qué vasallo habrá que no muestre su lealtad, su celo y valor? Si nuestras haciendas, si nuestras vidas, si nuestros contentos están a riesgo y no pueden tener seguridad, sino con el castigo de esta Isabel y de sus ministros, ¿quién no se ceñirá la espada y embrazará el escudo y blandirá la lanza y derramará la sangre por defender y asegurar la patria en que nació, por salvar la nave en que navega, por su ley, por su reino, por su Rey y por su Dios?

     Aunque no vamos a derramar la sangre, señores, en esta jornada, ni a dar nuestras vidas, que por tantos y tan justos títulos serían bien dadas. Más vamos a quitarla a los herejes, y a darla a innumerables católicos del reino de Inglaterra. Vamos a tomar los despojos de las riquezas, los tesoros infinitos que eran de las iglesias y templos de Dios, y ahora están tiranizados de Isabel y de sus impíos ministros. Vamos a saquear y despojar un reino, que está rico con nuestros sacos y despojos, y con la paz que ha tenido muchos años, causa de nuestra guerra. Vamos a una empresa muy fácil, y si hay en nosotros pecho español y valor, tal que el comenzarla es acabarla. Todas las veces que en estos setenta años que ha que comenzó la pestífera secta de Martín Lutero, han peleado los católicos con los herejes, los han vencido en Alemania, en los Suizos, en Francia, en Flandes y en la misma Inglaterra, favoreciendo Dios siempre a su verdad y a su santísima religión.

     Y esto de manera que muchas veces pocos soldados católicos han desbaratado a muchos herejes, y, con pequeño número vencido grandísimos ejércitos. Porque Dios peleaba por ellos; y lo mismo será ahora pues es la misma causa, y aun con muchas ventajas. Porque ninguna guerra de las pasadas fué tan circunstancionada, y en ninguna se peleó tanto por Dios Y contra la maldad tanto como en ésta. Porque en ésta vamos a deshacer una tiranía fundada en incesto y en carnalidad, fomentada con sangre inocente de innumerables mártires, sustentada con agravios y demasiada paciencia de los otros príncipes. Vamos a destruir una morada de víboras, una cueva de ladrones, una piscina y una balsa de garrulaciones y vapores pestíferos, una cátedra y escuela de pestilencia; a cortar la cabeza a una mujer que se hace cabeza de la Iglesia, y que por ser católica mandó cortar la cabeza a una Reina de Francia y de Escocia, que era sobrina y sucesora, y entró en su reino debajo de su palabra infernal. No se espante nadie cuando oye decir Inglaterra. Vamos contra una mujer flaca y de su condición natural muy temerosa, sustentada en su cetro y de sus propios pecados, y levantada en el trono real para que sea más miserable su caída; contra una mujer que no es Reina legítima, así por no serio ella y haber nacido de matrimonio infame y condenado por la Sede Apostólica, como por haber sido privada del reino por el Papa Pío V, de santa memoria: contra una mujer hereje, sangrienta, hija de Enrique VIII, hija de Ana Bolena, imitadora de tales padres; la cual está rodeada de una manda de consejeros y ministros impíos como ella; hábiles para con artificios y engaños encender la guerra en los reinos ajenos y desproveídos y cobardes para pelear en el suyo. Vamos contra una mujer atormentada de su propia conciencia, enemiga de todos los reyes cristianos, y de ellos aborrecida, malquista de sus vasallos, que tiene sus fuerzas repartidas en Holanda y Zelanda, en Hivernia y en Escocia, y no espera socorro de fuera, y teme la rebelión de los de dentro de su reino. Porque los católicos, que son sin duda la mayor parte y están oprimidos de su tiranía, en viendo nuestras banderas, en descubriéndose nuestras armadas, tomarán las armas por la fe católica y por su libertad, y los mismos herejes son tan mudables y amigos de novedades, y están tan cansados de los que gobiernan, que aunque no sea sino por gobernarse y verse libres de ellos, gustan de cualquiera alteración y mudanza, a las cuales siempre aquel reino ha sido tan sujeto, que no sabemos otro de cristianos que con tanta facilidad y menos ocasión se turbe y tome las armas contra su Rey, y le haya más veces quitado la corona y desposeído del reino.

     Un escritor inglés llamado por nombre Gildas, al que por su gran sabiduría llaman el sabio, escribió más ha de mil años de sus mismos ingleses: «Britani neque in bello fortes, neque in pace fideles»; que los ingleses no son valientes en la guerra, ni leales en la paz. La poca lealtad han mostrado siempre en las comunidades y alborotos, que digo, contra sus reyes; y el poco ánimo en las guerras que han tenido con las otras naciones, de las cuales se han dejado siempre vencer y sujetar. Apenas ha habido nación que los haya acometido, que no los haya rendido y señoreado. Paréceles que están encastillados en su reino, y cuando ninguno les acomete ni resiste, bravean y tiénense por valientes, y para robar como corsarios e infectar la mar no les falta industria y engaño. Pero cuando se viene a las manos, luego se descubre lo que son. ¿No nos enseña esto la experiencia? ¿No han perdido los ingleses todo lo que tenían en Aquitania y en Normandía? ¿No perdieron en nuestros días el condado de Boloña? ¿No entregaron vilmente a los franceses, sus enemigos, a Gins y la fortaleza de Calais, que habían tenido casi cuatrocientos años y la tenían por inexpugnable? Con los españoles pocas veces han venido a las manos en nuestros días los ingleses, pero esas pocas siempre las han llevado en la cabeza, peleando en los Estados de Flandes, adonde ahora, últimamente se vió bien cuán para poco son, en el cerco de la Inclusa, sobre la cual estando el duque de Parma con el ejército español, que era de muy poca, pero de muy lucida gente, y siendo plaza de sitio fuerte y llena de soldados valones e ingleses para su defensa, y viniendo el conde de Leicester, capitán general de la inglesa, y su gobernador en Holanda y Zelanda con gran número de navíos y soldados ingleses para socorrerla, no osó hacerlo, sino que en sus ojos y a su pesar se tomó aquella plaza y se rindió a Su Majestad.

     Pero ¿qué maravilla es que el inglés no osase mirar la cara del español, a quien reconocen ventaja las más poderosas naciones? ¿Qué maravilla es que el hereje sea flaco, y pusilánime el que no tiene la verdadera fe y con ella el esfuerzo y virtud de Dios? La verdadera religión tiene siempre por compañeras y hermanas a la fortaleza y a la sabiduría, y en perdiéndose la religión se pierden ellas; y conservándose en ella se conservan, como nos enseña la experiencia, y ésta es la causa por qué cuando los que tenían la verdadera religión eran valientes e invencibles, después que la perdieron son cobardes y vuelven las espaldas al enemigo, y lo mismo podríamos decir de la sabiduría. Vamos, señores, vamos; vamos con contento y alegría; vamos a una empresa gloriosa, honrosa, necesaria, provechosa y no dificultosa. Provechosa para Dios, para su Iglesia, para sus santos, para nuestra nación. Para Dios, que para castigo de Inglaterra se ha dejado desterrar de ella, y permitido que no se ofrezca en ella el santísimo sacrificio de la misa; para su Iglesia, que es oprimida de los herejes ingleses, sus enemigos; para los santos, que han sido en ella maltratados, afrentados y quemados; para nuestra nación, por quererse nuestro Señor servir de ella para cosas tan grandes. Necesaria para la reputación de nuestro Rey, y necesaria para seguridad de nuestros reinos; necesaria para la conservación de las Indias y de las flotas y riquezas y tesoros que de ellas nos vienen; provechosa para que con el favor de Dios se acabara la guerra de los Estados de Flandes, y con ella la necesidad de sacar y enviar de España para sustentarla, nuestra sangre, nuestra vida, nuestra substancia; provechosa para los despojos y riquezas que habremos de Inglaterra, de los cuales cargados y de gloria y victoria con el favor de Dios volveremos a nuestras casas. Vamos a una empresa no dificultosa, porque Dios nuestro Señor, cuya causa y santísima religión defendemos, irá delante, y con tal Capitán no tenemos qué temer.

     Los santos del cielo irán en nuestra compañía, y particularmente los patrones de España y los santos protectores de la misma Inglaterra, que son perseguidos por los herejes ingleses, y desean y piden a Dios su venganza, nos saldrán al camino y nos recibirán y nos favorecerán, y demás de los otros bienaventurados santos que plantaron en ella con su vida y doctrina celestial nuestra santa fe o la regaron con su sangre y nos están aguardando, hallaremos en nuestro favor la de los santos varones Juan Fisher, cardenal y obispo Rofense, de Tomás Moro, de Juan Forest y de innumerables religiosos de la Cartuja, de San Francisco, de Santa Brígida y de las otras órdenes, derramada cruelísimamente por Enrique, que clama a Dios de la tierra donde se derramó, y pide venganza y no menos la de Edmundo Campion, de Tomás Cotam, Padres de la Compañía de Jesús, de Rodolfo Corbin, de Alejandro Briant y de otros muchísimos sacerdotes venerables y siervos de Dios, a los cuales su hija Isabel ha despedazado con atroces y exquisitos tormentos, y a la de la santa e inocente María, reina de Escocia, que todavía está fresca y aun no enjuta, y con su hervor, calor y copiosa abundancia arguye la crueldad e impiedad de esta Isabel y tira saetas contra ella. Allí nos están aguardando los gemidos de infinitos católicos aprisionados, las lágrimas de muchas viudas, que por no perder la fe perdieron sus maridos; los sollozos de innumerables doncellas que o han de dar sus vidas o destruir sus haciendas o destruir sus ánimas; los niños y muchachos, que si no se remedian, criados con la leche ponzoñosa de la herejía se perderán. Finalmente un número sinnúmero de labradores, ciudadanos, hidalgos, caballeros, señores, sacerdotes, de todos Estados de gente católica, que está afligida y oprimida y tiranizada de los herejes, y nos está aguardando para su libertad. En nuestra compañía van la fe, la justicia, la verdad la bendición del Papa que tiene lugar de Dios en la tierra, los deseos de todos los buenos, las oraciones y plegarias de toda la Iglesia católica. Más podrá Dios que el diablo, más la verdad que la mentira, más la fe católica que la herejía, más los santos y ángeles del cielo que todo el poderío del infierno, más el ánima invencible y brazo robusto español, que los ánimos caídos y cuerpos helados y flojos de los herejes. No falta, señores, sino que vaya con nosotros la pura y buena conciencia, el corazón limpio, encendido de amor y celo de la gloria de Dios, la intención fina de pelear principalmente por la fe católica y por nuestra ley y nuestro Rey y nuestro reino; vivamos vida cristiana, y sin escándalos y ofensas públicas de Dios, haya en nosotros piedad para con El, unión y hermandad entre los soldados, obediencia a los capitanes, ánimo, esfuerzo y valor español, que con éste no tenemos que temer, y nuestra es la victoria.


Pedro de Ribadeneira  s.j.

 

Batalla de Trafalgar - Autor: Frederick Merck
Engraved by David Law after a picture by Sir Oswald W Brierley. Size 19 x 29 inches. Ref C177. (approx 48 x 74 cms.)
Fuentes

Historias de la Contrarreforma 

Pedro de Ribadeneira  s.j.

Biblioteca de Autores Cristianos 

Madrid, 1945

Pag. 1331

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