miércoles, 21 de septiembre de 1558

Edad:
31 años

Relato del día: Muerte del Emperador en Yuste.

Dicho tengo cómo el Emperador en el tiempo más florido de su Imperio tenía cada día hora señalada para retirarse a la contemplación; lo mismo hacía en Yuste, aunque le fatigaban sus penosos ages. Decía de ordinario, levantando los ojos a Dios y pidiéndole la paz y uniformidad de la Iglesia: In manus tuas Domine tradidi Ecclesiam tuam, que es: «En vuestras manos, Señor, puse vuestra Iglesia.» Lloraba y confesaba sus faltas, diciendo de ordinario que en toda su vida no había servido un solo día como era obligado a Nuestro Señor, que cierto confunde al religioso más perfecto.

     El argumento y título de esta historia fue de la vida y hechos del Emperador Carlos V, Máximo, Fortísimo, y acabo con la muerte y hechos de ella, porque ninguno de los reyes tuvo más.

     Estando, pues, Su Majestad con la vida ejemplar y santos ejercicios en Yuste, que he dicho, llegó su hora. Habíale dejado la gota por muchos días; vínole una terciana al contrario de otras que solía tener, que le duraba doblado tiempo el frío más que la calentura, por lo cual le sangraron dos veces, y en lugar de quitársele dobló, y fue tanto creciendo, que se alcanzaba la una a la otra, y así iba desfalleciendo cada día más, y si bien Su Majestad tenía cuenta con la salud del cuerpo, haciendo lo que los médicos ordenaban, mayor cuidado puso en lo que tocaba al alma, confesándose a menudo; hizo su testamento y última voluntad, ordenando en él lo que diré.

     Y como ya estuviese muy al cabo, comulgó, y luego pidió la extremaunción, la cual le trajeron a la noche, y pareciéndole al prior que estaba congojado y que las ceremonias de la unción de los frailes era larga, porque se habían de decir los siete salmos penitenciales con su letanía y versos y oraciones, dijo el prior a Luis Quijada, que estaba junto a la almohada, que le preguntase si quería que dijesen la larga de los frailes o otra breve. Respondio que le oleasen como a fraile, y así se hizo, y el Emperador iba respondiendo a los versos de los salmos con los frailes, y después comenzó a estar un poco mejor. Quitósele totalmente la gana del comer, en tanto que, como Luis Quijada le importunase llorando que Su Majestad tomase alguna cosa, díjole:

     -No me seáis molesto, Luis Quijada, yo veo que me va la vida en ello, y con todo eso no puedo comer.

     Y a la mañana dijo que quería tornar a comulgar, y como le dijese el confesor que ya había tomado la extremaunción y que no era menester tornar otra vez, a comulgar, respondió:

     -Si bien no sea necesario, ¿no os parece que es buena compañía para jornada tan larga?

     Y así tornó a comulgar, diciendo con lágrimas ardientes de devoción: In me manes, ego in te Maneam, que es: «Estás en mí, yo estaré en ti»; porque era devotísimo del santísimo sacramento de la Eucaristía, y todo el tiempo que estuvo en Yuste le decía el convento una misa cada jueves del Sacramento con gran solemnidad en canto de órgano. Y aquella tarde, antes que le oleasen, llegó el arzobispo de Toledo, Carranza, el Desdichado, aunque no le pudo hablar aquella tarde, al cual había estado esperando con gran deseo después que desembarcó de Ingalaterra, porque tenía gana de reñir con él sobre que le habían dicho algunas cosas no tan bien sonantes de sus opiniones, porque como él tenía aquella fe tan viva, no había cosa que fuese contra aquello que no le diese mucha pena.

     Y como tornase el otro día para hablar a Su Majestad, por el conde de Oropesa, que se lo suplicó, le mandó entrar y mandó que le diesen silla; pero no le habló, y a la noche tornó a empeorar, y después de las dos de la media noche, estando todos sosegados dijo: «Ya es tiempo; dad acá aquella vela y aquel crucifijo», y con estar tal que cuatro barberos apenas le podían rodear en la cama, se volvió del lado con tanta ligereza como si no tuviera mal, y tomando en la una mano la candela y en la otra el crucifijo, estuvo un poquito mirando en el Cristo sin hablar, y luego dio una voz grande, que se pudo oír en los otros aposentos, diciendo: «Ay, Jesús.» Y con ella dio el alma a Dios; lo cual no pareció que se pudiese hacer sin milagro, que expirando pudiese dar naturalmente aquella voz tan recia y bien formada, por manera que este glorioso príncipe y su madre murieron con el dulcísimo nombre de Jesús en la boca. Pasó de esta vida a 21 de setiembre, año 1558, habiendo 58 menos siete meses que nació.

 

Muerto el Emperador, todo aquel día y el siguiente hasta la tarde estuvieron aderezando el cuerpo y haciéndole un ataúd de plomo en que le metieron y soldaron, y aquél en otro de tablas de castaño grueso de donde no se podía salir cosa que se deshiciese del cuerpo, y quedó tan pesado, que apenas le podían menear diez o doce hombres, y encima de las tablas lo cubrieron de terciopelo negro, y así le llevaron al altar mayor por la puerta que sale de su aposento, y le metieron debajo del altar, como él había mandado, ayudando a ello el arzobispo, conde de Oropesa; el comendador mayor de Alcántara, Luis Quijada; haciendo los frailes el oficio del entierro con hartas lágrimas, y no hacían mucho, pues yo, que por sola relación sé su vida, las derramo.

     También me dijeron por cosa muy particular de este príncipe, que muchos años trajo consigo el ataúd en que había de ser puesto, y se lo ponían debajo de su cama. No sé si es cierto; sé que lo hizo su abuelo Maximiliano. El prior no lo dice; pudo ser, y despues parecer que no era conveniente, y así hicieron el de plomo y el de castaño. Tráelo un padre bernardo en el libro que compuso intitulado Monarquía mística de la Iglesia; en el símbolo quinto, folio 79, dice que seis años antes que muriese hizo hacer su mortaja, y la trajo consigo. y cita a Pedro Gregorio, lib. 6, e. III, p. 8, y entiendo que ambos se engañan, porque cosa tan notable como aquí digo no la callara el prior de Yuste, que por tan menudo cuenta su vída y muerte en el monasterio.

 

Batalla de Trafalgar - Autor: Frederick Merck
Charles de Groux (1825-1870), Royal Museums of Fine Arts of Belgium. Carlos V recibe el viático de manos de Juan Regla, su confesor.
Fuentes

Sandoval, Prudencio de (O.S.B.), Obispo de Pamplona

Historia de la vida y hechos del Emperador Carlos V

Edición y estudio preliminar de Carlos Seco Serrano

Madrid, Atlas, 1955-1956.

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